Por: Marco Vinicio Mejía
Hace cuarenta años, las chamuscas eran nuestro entretenimiento principal. Nunca nos faltó terreno dónde jugar, pero ahora solo hay espacios urbanizados o cerrados. Se requería muy poco para divertirnos. En cambio, a la niñez actual la mantienen inactivamente activa. Los celulares y la televisión se han tragado la imaginación. Para un capitalino, es triste ver que un niño de hoy pase más tiempo ante la pantalla del móvil que entreteniéndose en los escasísimos campos de juego que dejaron los gobiernos municipales de Arzú y su tribu política. De alguna manera, les roban una parte de su infancia al domesticarlos como miembros de la sociedad del consumo. Nos hace falta recuperar el placer de jugar por jugar, el cual empieza a cultivarse durante la infancia.
Los más afortunados reciben educación física. Les enseñan a ser competitivos y, en lugar de jugar, hacen deporte. Hoy, lo principal es triunfar y no disfrutar la actividad física. El mundo pertenece a los triunfadores, a quienes tienen más que los demás. Por eso sufren tanto quienes no saben perder. El deporte inculca el afán de ser superiores y la obediencia a un orden establecido. Lo que falta es reconocer el deleite de jugar por jugar, que empieza a cultivarse en las categorías infantiles.
El fútbol es un deporte de equipo, pero si lanzamos un balón a un grupo de niños pequeños, todos irán detrás de la suya. Esto es normal si tienen 5 o 6 años. Han de pasar, pero no instalarse en una etapa egocéntrica. El nombre es «fútbol asociación», por lo que en un equipo se debe aprender a colocarse en función de los demás. El niño aprende que, si un compañero pierde la posición, él debe cubrirlo. También aprende a confiar en que su compañero hará lo mismo por él. Es el valor de la disciplina y del trabajo en equipo. Es una gran lección para la vida, pues generalmente nos ganamos la vida en grupo.
El fútbol es un juego para ser disfrutado. El placer está en el propio juego, no en la victoria. Si no recuperamos su verdadero sentido, los más afectados serán los adultos del mañana, preocupados en ganar más dinero, acumular cosas inútiles, gozar de «prestigio», porque tener es poder y poder es tener. La vida la reducirán al dejarse llevar, a poseer y ser poseído. Lo importante no es lo que se hace, sino el hecho de hacer algo. Más que un problema, es la oportunidad de ejercer una facultad que no aparece en la Constitución Política: el derecho de ser felices.
Johan Cruyff, uno de los grandes jugadores de todos los tiempos, entre 1988 y 1996 impuso un estilo en el club Barcelona que cautiva a medio planeta. Antes de que el Barça disputara la final de la Copa de Europa en 1992, su técnico Cruyff les pidió: «Salgan y diviértanse». El consejo fue acertado, pues los jugadores culés levantaron su primera Copa de Europa. Esta anécdota ilustra que el propósito de divertirse es lo que mejor captan los niños, en particular los más pequeños, cuando participan en un partido de futbol. Pueden acabar el encuentro deportivo y no saben quién ha ganado, si juegan por diversión. Ahora, Guatemala tiene un balompié moribundo, cerca de ser desafiliado por doña FIFA y dentro de poco la atención social estará centrada en la Copa del Mundo. Tanta atracción ejerce que Thelma Aldana disfrutará el Mundial para descansar, después de entregar el cargo de Fiscal General.
El futbol es un juego. Hay que disfrutarlo, sin apasionamientos absurdos. Disfrutarlo al igual que otras esferas de la vida. Divertirse es lo primero. En este punto es apropiado aconsejar a los padres, por ejemplo, que cuando su hijo o hija llegue a casa después de disputar un partido no pregunten si su oncena ganó. Lo mejor es saludar su esfuerzo y averiguar si disfrutó de la faena.
El esfuerzo ha sido devaluado en la actualidad. El narcotráfico y la exaltación de los barones de las drogas, en telenovelas y películas, ha seducido a la juventud con la obtención de dinero fácil. Aunque nuestro balompié esté sala de cuidados intensivos, es importante inculcarlo en la niñez guatemalteca, para que aprendan el valor del esfuerzo y saber trabajar en equipo. Repito, este deporte se denomina «futbol asociación».
La práctica del balompié puede ayudar, ya que sin esfuerzo no hay satisfacción, no hay alegría en dar lo mejor de sí mismos. Las recompensas no están en copas y trofeos, sino en las medallas de la amistad. Además, interiorizar el valor del esfuerzo brinda otro beneficio interesante. Quita el miedo a perder. La persona no puede controlar si va a ganar o perder. Pero puede optimizar su esfuerzo. Al concentrarse en el esfuerzo, se da lo mejor de sí mismo.