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martes, marzo 24, 2026

Cómo dueles, Nicaragua

Por: Marco Vinicio Mejía

Julio Cortázar (1914-1984) se transformó de solitario escritor existencialista a intelectual comprometido. Tras el triunfo de la revolución sandinista, Cortázar viajó varias veces a Nicaragua. Conoció de cerca el proceso revolucionario. Los viajes a Nicaragua le enseñaron que, ante las desigualdades y los abusos del poder, su respuesta no podía ser la indiferencia y debía de tomar partido. Desde entonces, su labor como escritor, intelectual y figura pública fue describir lo que veía y conseguir la implicación de Europa por medio de crónicas, conferencias, manifiestos, polémicas y réplicas a periodistas que no conocían de primera mano lo que sucedió tras la revolución nicaragüense.


El libro «Nicaragua tan violentamente dulce» reúne el conjunto de los textos escritos por Córtazar a lo largo de su aproximación comprometida con Nicaragua. La primera de ellas se describe en Apocalipsis de Solentiname, recreación de su visita clandestina a la comunidad de Ernesto Cardenal, en 1976, cuando la lucha del FSLN era una aparente utopía. Ahora, Nicaragua está sumida en otro proceso revolucionario ante la dictadura de Daniel Ortega y la temible Rosario Murillo.


Como un homenaje a Julio Cortázar y a los escritores que han sido coherentes, escribí este texto:

Lo lamento Julio, hermano mayor, Cortázar de voz ancha y rotunda, los corazones perdieron el rumbo, las flores son trincheras sin polen, no hay reclamo luminoso de Sandino en esta hora huérfana de América.

Porque calcinaron Solentiname, equivocados en puertos y entradas, no es Managua el fin de la etapa, es otro el nombre de las ruinas, sin viento, sin libertad, sin norte.

Julio, no hay manos esperándote, cuántas niñas, cuántos hombres, cuántos rebeldes olvidados, no hubo retorno al futuro, ni se transfiguraron a sí mismos, pues persiste la prolongada noche de infamias, arrebatos y dolores.

La Managua que viste desde el aire sigue de pie entre los despojos de la nueva dictadura de viejos traidores.

Managua ya no es bella en sus baldíos, porque los pobres no tienen las armas, siempre derramada sangre de sus hijos.

Ya no observas las anchas alamedas de hombres nuevos que abren las puertas de la casa que dejó de ser de todos, equivocados de lago y de aeropuerto. 

Esta no es la Nicaragua, la Nicaragüita tan violentamente dulce que conociste.

 

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