Por: Luis Rodrigo Asturias
Columnista de PERSPECTIVA
Como punto de análisis la década de 2000 ha reflejado importantes cambios en las tendencias distributivas a nivel mundial. Los países de Europa, Estados Unidos y China continuaron con su tendencia creciente respecto de la desigualdad, mientras que los de América Latina y el sudeste de Asia revirtieron la tendencia anterior al crecimiento y comienzan a mostrar descensos en los índices de Gini (Cornia y Martorano, 2012). Con lo que se visualiza un escenario propicio para el empoderamiento en los indicadores de distribución de la década anterior, aun cuando en términos internacionales se mantiene la posición de América Latina y el Caribe como la región más desigual del mundo.
Los cambios en los indicadores de desigualdad de la región han ocurrido de manera gradual y son apenas perceptibles en las variaciones interanuales, pero resultan evidentes al comparar períodos más largos. Durante el período 2002-2013, en 15 de los 17 países considerados se evidencian mejoras distributivas, reflejadas en la disminución del índice de Gini Las excepciones son Costa Rica y República Dominicana, cuyos índices de Gini son superiores en 2013 que en 2002. Esta reciente tendencia a la baja es estadísticamente significativa y tuvo lugar en un contexto de crecimiento económico sostenido y reducción de la pobreza en la región. La tendencia a la reducción de la desigualdad ha sido más pronunciada a partir de 2008 (CEPAL, 2013).
Los cambios en los indicadores de desigualdad de la región han ocurrido de manera gradual».
La ampliación de las posibilidades laborales refleja disminución de las diferencias salariales entre los trabajadores de mayor y menor calificación, fenómeno que ha sido objeto de distintas interpretaciones. Esta disminución podría deberse a que, en los últimos años, el aumento de la oferta de trabajadores calificados fue superior al de la demanda (López-Calva y Lustig, 2010; Azevedo y otros, 2013).
También podría ser el resultado de la desaceleración de la demanda relativa de trabajo calificado en la última década, debido a que el auge de los precios de los productos básicos habría favorecido la demanda de fuerza laboral no calificada e impulsado a la baja la prima salarial por educación (Gasparini y otros, 2011; De la Torre, Messina y Pienknagura, 2012). El empeoramiento de la calidad de la educación terciaria, como consecuencia del incremento en su cobertura, también ha sido señalado como un posible factor explicativo del descenso en los retornos a la educación (Lustig, López-Calva y Ortiz-Juarez, 2013). La diversidad de experiencias situaciones políticas y sociales de los distintos países en Latinoamérica, así como los múltiples factores que podrían afectar los resultados distributivos, hacen muy difícil encontrar una explicación única.



































