Luis Ravina *
El Corredor Seco no es solo una de las regiones más densamente pobladas de Centroamérica, sino además un territorio azotado por sequías cíclicas y fenómenos climatológicos agresivos que se traducen, constantemente, en situaciones de crisis para sus habitantes. A lo largo de sus 1600 kilómetros de extensión, que transcurren en paralelo al Pacífico, y abarcan desde México hasta Costa Rica, las zonas afectadas ven traducidos los efectos del Corredor Seco en desastres económicos, sociales y medioambientales.
Esta situación, lejos de mejorar, se ha agudizado desde 1960: la regularidad de fenómenos extremos como El Niño han aumentado y, como consecuencia, las tasas de pobreza no han conseguido reducirse en la zona.
En el caso de Guatemala, junto con Nicaragua, es el país que más sufre el impacto del Corredor Seco. Un 11.5% del territorio guatemalteco se encuentra en una zona considerada de efecto severo y las poblaciones rurales, especialmente los niños, quedan en una situación de vulnerabilidad. Hasta ahora, afrontar los retos que plantean las condiciones naturales del Corredor Seco había sido complicado debido a la falta de datos. Sin embargo, la publicación del Censo de Población y Vivienda en 2018 abrió una nueva puerta para conocer la situación de la población que se encuentra a merced del fenómeno climático.
Según los datos del censo referidos al Corredor, junto con otros estudios ya publicados por Unicef o la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), uno de los mayores problemas que sufre la zona es el de la desnutrición, donde siete de cada diez niños menores de 5 años la padecen de forma crónica. Estas carencias de nutrientes básicos a esas edades, cuyos efectos en el desarrollo del cerebro y el sistema nervioso son prácticamente imposibles de revertir en la edad adulta, se producen en un entorno y con unas consecuencias que, gracias a los datos del censo, ahora son conocidas.
Por ejemplo, ahora se sabe que la población de esta zona es principalmente rural, donde muchos de ellos viven en casas con suelo de barro y letrinas que derivan en enfermedades gastrointestinales; que hay un uso extendido de la leña como combustible para cocinar, lo que genera efectos nocivos para el aparato respiratorio y más aún en hogares donde no siempre hay un cuarto para la cocina; que se sirven de la quema de basura como forma de deshacerse de ella y los efectos fatales que eso tiene, otra vez, en sus pulmones; e incluso la violencia doméstica en algunos casos, que genera un estrés ya de por sí duro para las familias, pero más agudo todavía en estas condiciones. Si a ello le sumamos que además los niños no cuentan con los nutrientes básicos a su edad, de nada servirán los hipotéticos esfuerzos gubernamentales en garantizar una educación de calidad y accesible, ya que los niños no estarán en condiciones de asimilarla.
Por tanto, el mensaje es claro: la única forma de romper el círculo vicioso de pobreza que generan las condiciones climáticas del Corredor empieza por atajar la desnutrición en los numerosos frentes que la provocan, y para ello hacen falta medios y formación.
Así las cosas, el nuevo Gobierno electo en 2019 presentó la llamada “Cruzada Nacional por la Nutrición”, que plantea unir todos los sectores del país con el objetivo de atajar los déficits nutritivos de las familias guatemaltecas. Es un plan que pone énfasis en áreas pobres y marginadas, como las que se encuentran bajo los efectos del Corredor Seco, y que propone un enfoque integral que responda a la multicausalidad del problema. Ahora, con los datos que arrojó el Censo de 2018, y que han sido estudiados y analizados debidamente, no hay justificación para que la clase política no presente estrategias que no sean garantía de éxito. Todo lo que no sea atajar el problema de la malnutrición, con los datos con los que se cuenta a día de hoy, debe considerarse como un fracaso que solo puede explicarse de dos formas: debido a la falta de preparación de los responsables de llevarla a cabo o a su falta de voluntad política.
No es un problema que se vaya a solucionar en un día, como es evidente, pero hay casos de países que, con un plan y una sociedad e instituciones públicas cohesionadas y coordinadas, han conseguido reducir sus tasas de desnutrición significativamente, como son la India, Perú o Etiopía. Ahora es Guatemala quien, por fin, cuenta con la información necesaria para empezar a planificar acciones concretas que se traduzcan en pequeños pasos hacia adelante.
* Centro de Investigación para el Desarrollo Regional (CINDERE) de la UNIS, asociado al Navarra Center for International Development (NCID) de la Universidad de Navarra.


































