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jueves, marzo 5, 2026

Ideología y desarrollo

Por: César Melgar


Para lograr aspirar a un desarrollo sostenible, se necesita tener una agenda conjunta, dejando de lados las divisiones y tener una meta unificada como país.

En la actual coyuntura política, hemos sido testigos de una polarización que se ha ido agudizando, porque cada bando toma partido, y lamentablemente, de acuerdo a sus intereses espurios, asegura tener la verdad absoluta y ser infalible en lo que dice. Y así, se va entrando a un desgastante debate, que muchas veces no es necesario tener. La razón es sencilla: se juzga o defiende a las personas solo por su “afiliación” en determinado cuadrante del espectro político o religioso, y no por lo actuado, (que es lo que al final importa).

La, ideología, en sus primeras concepciones, surgidas durante el periodo de la Ilustración (siglo XVII) se referían a una “ciencia de las ideas”, en la cual se trataba de mostrar las fuentes del conocimiento humano y describir los contenidos de la conciencia.  Con el tiempo, el vocablo, y según  afirman varios autores, tomó la connotación de aquel cuerpo de pensamiento que tiene la función principal de “integrar y aportar identidad” (Izquieta, 2000).

Identidad que parecieran no tener la mayoría de políticos y algunos formadores de opinión. Y la mayoría de las veces, como reza el dicho popular, solo repiten como loros”, sin discernir el contenido del discurso. Además, se cae en diversos tipos de falacias: argumentum ad numerum (solo porque mucha gente acepta determinado criterio, se cree que este será cierto); argumentum ad populum (apelar a las emociones para que se acepté el argumento); argumentum ad verecundiam (hablar sobre un personaje famoso para respaldar lo que se dice).

En su artículo de Prensa Libre titulado “Ideología y Pensamiento” del 19 de junio de 2014, la académica Margarita Carrera hace un análisis de lo que es la ideología. Concluye que la ideología se compone de dogmas (verdades únicas que no dan lugar a discusión). Como antítesis, aparece el pensamiento (entiéndase como conjunto de ideas propias), el cual a diferencia del dogma y la ideología, es flexible, permite ir más allá, crear y no simplemente creer, analizar, imaginar, discutir, llegar a consensos.

Esa flexibilidad en cuanto al pensamiento, ya sea en forma total o parcial, es la que ha permitido que naciones otrora en subdesarrollo sean ahora sociedades con notable crecimiento económico, o bien, con altos estándares de vida para su ciudadanos. Esto se logró llegando a consensos (ya sea porque este existió entre el pueblo y los gobiernos, o bien, porque las élites lo acordaron).

Como primer ejemplo, tenemos el caso de China, la cual, al abrazar ciertos principios antagonistas de su visión política comunista, dio como resultado su espectacular tasa de crecimiento anual promediada en 9.6% entre el período de 1980 al 2016 (según datos del FMI), y ahora es la segunda economía mundial.

También se puede analizar los casos de Corea del Sur y Singapur, países que, a pesar de vivir bajo dictaduras en algún momento, llegaron a consensos (en los cuales se le dio una gran importancia a la educación y al apoyo a las pequeñas empresas). Como resultado,  actualmente son de los países con mayores rentas y, en el caso del segundo, siempre liderando los diferentes índices de medición económica y social. O bien, un caso cercano, como el de Costa Rica, que después de la guerra civil de 1948, ambos bandos acordaron entrar en un proyecto de reforma y modernización estatal.

No es extraño tener pláticas y debates entre amigos y familiares, acerca de la forma en que se debe manejar la política económica y otras facetas de la vida social. Y claro, siempre salen a relucir los extremos antagonistas. Lo ideal, es lograr escuchar al contrario, llegar a puntos comunes y no dejarnos llevar por la pasión que puedan provocar cada uno de los idearios.

Entonces, para lograr que Guatemala despegue, habrá que ser humildes, y revisar nuestra línea de pensamiento, así como la de aquellos que nos discrepan. Ser flexibles en nuestros análisis, escuchar al contrario, y sacar de un sano debate las cosas que en realidad aporten. Dejar por un lado los radicalismos y crear liderazgos. Alcanzar ese consenso sobre lo que realmente importa, y por supuesto, poner en acción el plan diseñado.

 

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