Nicolás Díaz Jimeno
Recientemente tuve el gusto de estar como invitado en el podcast de un buen amigo, Max Santacruz, con quien hablamos entre muchas otras cosas, de la importancia del ejercicio de la ciudadanía, y no desde el reducido punto de vista del acto por medio del cual se le entrega a la persona un documento que lo acredita como mayor de edad en un país, y que conlleva múltiples derechos y obligaciones, sino como la enorme responsabilidad que se debería asumir desde una perspectiva más profunda y seria.
Ser ciudadano en un país no es simplemente portar un documento de identificación personal que lo acredita como tal, ser ciudadano implica algo fundamental y tiene que ver con su ejercicio, el cual debe ser diario, serio, pero, sobre todo, responsable frente a la realidad actual y futuro del país.
Hay muchas obligaciones y derechos cuando se es ciudadano, pero lo que me ocupa hoy día, es lo relacionado con el ejercicio por demás sustancial, de la participación en los procesos electorales, y las consecuencias de no saber elegir bien a quienes se les entrega el poder de regir los destinos de un país.
Cada cuatro años al “ciudadano” se le entrega la responsabilidad de elegir a los funcionarios públicos que han de ocupar, entre otros, la silla presidencial, el congreso de la república, los alcaldes, y en algunos países, los gobernadores departamentales, es cada cuatro años qué votando, el constituyente primario, tiene la oportunidad de cambiar para bien o para muy mal, el destino de sí mismo, de su familia, de su comunidad.
Y es aquí donde surge la pregunta, ¿estamos eligiendo bien? ¿Son los gobernantes de turno las personas más idóneas para ocupar esos cargos de tanta responsabilidad, están preparados ética, profesional y moralmente para administrar junto con sus equipos de trabajo a una nación?
A la luz de los hechos incontrovertibles en muchos aspectos en muchas naciones parece que la respuesta más evidente es que NO, y con mayúsculas, NO.
Para tratar de entender este fenómeno vamos a empezar por decir que no siempre la sociedad tuvo el derecho de elegir a sus gobernantes, recordemos que según algunos autores fue en el siglo XVII, que se promovió un cambio de las sociedades jerárquicas del pasado en las cuales el monarca aristócrata tenía el poder absoluto y el cual devenía del mismo Dios, un Dios que por supuesto era incontrovertible, todo poderoso, y que le concedía todo el conocimiento y discernimiento para tomar las “mejores” decisiones.
Lo que sucedió después fue que surgió una corriente liberal que planteó la necesidad de hacer un cambio, el cual tenía como eje central la división de los poderes del Estado, y fundamentalmente que el poder debía residir en el pueblo, y es así que surge la noción que ese pueblo debería ser el RESPONSABLE de elegir a sus gobernantes.
La teoría clásica de la división de poderes fue elaborada, entre otros, por el filósofo francés del siglo XVIII Montesquieu. Según esta teoría, los poderes del Estado son tres: ejecutivo, legislativo y judicial.
Así las cosas entonces recae sobre el ciudadano el derecho y el deber de votar, de elegir, en la búsqueda de un mejor porvenir, y es a través de un proceso que se selecciona a los mejores, o así al menos debería ser, para que trabaje y se ocupe de generar los cambios necesarios en la búsqueda de un estado de bienestar general para los administrados en muchos aspectos, salud, educación, seguridad, entre otros.
Y es aquí cuando es importante plantearnos otra pregunta:
¿Están los ciudadanos de un país lo suficientemente preparados para elegir bien?
Las calidades que debe exhibir un verdadero ciudadano van desde su interés en saber como funciona el Estado, hasta su formación académica desde los niveles más básicos, es decir, un elector debe tener unas condiciones mínimas para que en su libre derecho y deber de escoger, se puedan reducir al mínimo las posibilidades de error.
Dicho lo anterior, la propuesta es que desde los primeros años de la escuela se le enseñe al potencial ciudadano temas como historía, filosofía, política, ética, cívica, no a niveles profundos, pero al menos que tengan los conocimientos básicos para que comprendan el poder y la enorme responsabilidad que se tiene en las manos.
Un pueblo preparado siempre tendrá menos opciones de ser engañado por discursos populistas de izquierda y derecha, por encantadores de serpientes que les prometen lo que les prometieron a sus abuelos, pero con otras palabras, y las personas vuelven a caer en el mismo engaño de manera sistemática.
Hay tipos de ciudadano, está aquel que dice: eso de la política es para corruptos, esos todos son unos bandidos, posiblemente tengan razón, pero no participar, es precisamente lo que deja esos espacios para que sean ocupados por los mismos de siempre.
Por otro lado está el ciudadano que se deja comprar por una bolsa de comida, y dos bolsas de cemento, aquel que recibe dinero por su voto, y que en el mejor de los casos hasta le ofrecieron un puesto en el gobierno.
Además surge también aquel que cree en todo lo que ve en las millonarias campañas políticas electorales, aquel que hasta se enamora del candidato, se aprenden la canción de la campaña, y ven ese personaje una especie de “Mesías”, que los va a salvar de la desesperación, nada más falso y peligroso.
Y finalmente, está el mejor de los posibles ciudadanos, el que lee, estudia, analiza, piensa y se interesa de manera seria y comprometida con el futuro de su país, aquel que producto de un compromiso más allá del ejercicio de ir a depositar un voto, comprende el poder que tiene, y que debe asumir, que cuando el gobierno hace las cosas mal, no se vale señalar con el dedo al de turno, hay que mirarse en el espejo para asumir la responsabilidad de haber llevado a esos cargos a ineptos, corruptos, e incapaces, si mi estimado amigo lector, USTED TAMBIÉN ES CULPABLE.

