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lunes, marzo 9, 2026

El laberinto de la USAC

Por: Marco Vinicio Mejía

Hace más de 72 años se reconoció la autonomía de la Universidad de San Carlos. Antes, era la garantía para luchar contra el oscurantismo y la opresión durante las dictaduras. La guerra de 34 años y 10 meses provocó la diáspora de profesores eminentes, intelectuales y estudiantes comprometidos. Ese desangramiento provocó que la mediocridad, la corrupción y la politiquería se apoderaran de la Universidad de San Carlos. Dejó de ser la «reserva moral» de Guatemala, como la calificó Luis Cardoza y Aragón.


En nombre de la autonomía, ciertas mafias se enquistaron en su interior para promover la corrupción de todo el sistema. La corrupción no consiste solo en apropiarse de recursos públicos. Principia por ocupar espacios de decisión pública para los que no hay capacidad intelectual ni experiencia. La corrupción más nefasta proviene de personas sin compromiso con los intereses del país, sin capacidad para gestionar el talento y sin una sólida formación intelectual.


Desde hace mucho tiempo se habla de reforma universitaria, pero es mera retórica. La Academia se convirtió en negocio. Entre los varios ejemplos están los puestos en distintas instituciones, asignados por ley a representantes de la Universidad de San Carlos. También incide en las comisiones de postulación. En relación con la fiscalización de los recursos financieros, la Constitución Política vigente desde 1986 dispone que todas las municipalidades, entidades autónomas y descentralizadas tienen la obligación de remitir al Organismo Ejecutivo y al Congreso de la República, sus presupuestos detallados ordinarios y extraordinarios, con expresión de programas, proyectos, actividades, ingresos y egresos, con excepción de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Otra prerrogativa de que goza, sin ser empleada en beneficio del país, es la iniciativa para la formación de leyes. Ante el clamor popular por la modificación de la Ley Electoral y de Partidos Políticos, la Universidad de San Carlos no se ha pronunciado. Tampoco ha hecho valer su peso político sobre problemas cruciales, como la explotación ilegítima de sus recursos naturales no renovables (petróleo, níquel, oro, plata y jade, entre otros), patrimonio de todos por los que el Estado solo percibe el uno por ciento de regalías. Además, no abanderó los movimientos ciudadanos de 2015 contra la corrupción, y no propone soluciones a los problemas nacionales, como manda la Constitución Política.

Soy egresado de la universidad estatal y de dos universidades privadas. Por eso no me aferro al mito de la tradición tricentenaria de la Carolina. Se requiere un análisis integral de la educación superior, en especial con la proliferación de «universidades de garaje». Se critica la asignación constitucional destinada a la formación de considerable número de personas en la USAC, pero los resultados de la inversión en la Universidad Carolina no pueden medirse solo en el certificacionismo, pues hay resultados cualitativos más allá del otorgamiento de títulos y diplomas. Como universidad pública, es donde hay que construir ciudadanía y cambiar la mentalidad política.

Estoy consciente de la gran deserción y repitencia entre alumnos. Hay utilización inadecuada de recursos y rechazo la burocratización en la Universidad Carolina. Pero no contamos con respuestas ni modelos propios para salir de la crisis general. Nos oponemos a la corrupción, sin formular soluciones.

Tanta sangre derramada de universitarios sancarlinos, no pudo ser en balde. Después de la salvaje represión en su contra, alentamos un resurgimiento, aunque la herida fuera tan profunda y la sangría tan desanimadora. Hay corrupción en la Universidad de San Carlos desde hace varias administraciones, pero se agudizó con las reelecciones del Rector Estuardo Gálvez y de varios decanos. Por eso, observo a quienes acometieron la tarea de recuperar la Universidad, con optimismo.

Es tiempo de erradicar el influjo perverso de Estuardo Gálvez, encarnado en Murphy Paiz. La USAC debe retomar su compromiso con la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Siempre habrá contradicciones, como ocurre con toda empresa humana. Para superarlas, requerimos un descifrador. Me atrae el lema «más academia y menos política» de Carlos Sierra, quien tiene una sólida preparación y la astucia política para portar en sus manos el símbolo de Dédalo, ese gran ingeniero cretense, quien supo desandar laberintos y no se conformó con vanas esperanzas. Si es electo, confío en que honrará su compromiso.

 

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