Por: J. Roberto Dardón L.
A causa de su origen geológico, el istmo centroamericano es por excelencia tierra de temblores y volcanes. No hay país en la región que no presente un solo sismo o una erupción de grandes proporciones, en sus registros históricos.
Pero tampoco es menester ser un erudito para tener presente el poder de la naturaleza y darse por enterado de su magnitud; ya que la existencia sea poblaciones arruinadas o vestigios de remotas hecatombes. Hasta la persona menos instruida sabrá, por tradición oral o la experiencia, que el suelo no permanece quieto durante mucho tiempo.
Es probable que lo anterior, haya estado presente en la memoria colectiva de nuestros ancestros, cuya existencia giraba, quizás, alrededor de su lugar de origen y; por tanto, llegaron a conocer mejor todo su entorno circundante.
De esta suerte, sus conocimientos, por empíricos que fueran, les permitieron lidiar con la naturaleza capricho de nuestro suelo patrio. Por lo visto, algo de esto llamó la atención del protagonista reseñado en estas cuartillas: es decir el finado viajero Robert G. Dunlop.
Anteriormente les compartí el episodio de Dunlop durante su ascenso al volcán Cosigüina, aquel temible coloso que provocó tanto terror en las poblaciones alrededor del golfo de Fonseca; al punto que se supo de su existencia, en regiones tan apartadas como Chile, México o Jamaica.
Pero la reputación de aquel volcán no amedrentó en nada a este joven británico. Más bien despertó una interesante combinación de intereses personales; donde la búsqueda de la verdad científica y el ansia de emociones fuertes, se entremezclaban con la energía de su personalidad.
En una época en que el montañismo estaba en pañales, lo hecho por Dunlop ―sin las precauciones actuales y más allá de ver como mataba el tiempo― sus acciones sólo pueden interpretarse como el manifiesto de su espíritu libre. Sin embargo, este espíritu aventurero por momentos raya en la audacia, llegando a extremos de imprudencia; que incluso pusieron su vida y la de otros en riesgo frente a lo desconocido.
Lo curioso es que, salvando las diferencias en hoy en día mucha gente ―ya con entrenamiento y la noción de responsabilidad frente a terceros―, sigue buscando esa clase de actividades ―que por su naturaleza desatan la adrenalina― son de pura aventura.
Regresando al relato, se verá que luego de algunos meses de descanso en la villa de Realejo ―en el Estado de Nicaragua―, donde al parecer estableció su centro de actividades para facilitar sus movimientos por toda Centroamérica. Desde aquí Dunlop emprendió rumbo al Sur, en dirección al tranquilo pero dinámico Estado de Costa Rica.
Aunque parezca un juicio a priori, nuestro relator de viajes retrata al país de los ticos en una forma que de alguna forma refuerza la percepción general que se tiene de la actual Republica Costarricense: Un país lejano y aislado de las fútiles turbulencias políticas que empobrecieron a los demás componentes aquella vieja Patria Grande evocada por nuestros abuelos.
Un país que, aunque pequeño y pobre, supo aprovechar al máximo tanto sus características particulares como sus ventajas comparativas, para impulsar su proyecto de desarrollo independiente a la remota y falaz autoridad federal; viniera ésta de la Nueva Guatemala o en San Salvador.
Este propósito habría sido impensable sí las elites políticas de aquel país y los pueblos que ésta gobernaba no hubieran entendido que el futuro de una nación libre y prospera radica en el establecimiento de un verdadero Estado de Derecho ―y no exclusivamente de legalidad― fuerte y unificado, capaz de proyectarse a lo largo del tiempo.
Aquel sistema no solo pudo proteger, desde el principio, la vida y la propiedad de sus habitantes ―y no únicamente ciudadanos―; también permitió facilitar las condiciones para que el capital y comercio, interno y externo, derramara sus bondades en una región cuya existencia misma era tan reciente.
Por eso, es que cuanto les llegó a los ticos la oportunidad de manejar su destino a discreción, supieron leer los signos de los tiempos en una época en que el mercado transatlántico estaba en ebullición. Entre los productos altamente demandados por las naciones más prosperas de la época, estaba el que es calificado por muchos como la droga perfecta: es decir el café.
Como no es motivo de este servidor relatar todo lo ocurrido desde la llegada de nuestro amigo Dunlop a Punta Arenas (17 de mayo de 1845) hasta su aventura en el volcán Irazú (a mediados de aquel año); invitamos a los respetables lectores a descubrir las curiosidades contenidas en el segundo capítulo del libro de viajes de Robert G. Dunlop.
― Visita a Cartago y ascenso a su volcán [llamado de Irazú]―
“Para el día de 10 de julio ―de 1845―, [finalmente pudimos] visitar Cartago, la antigua capital de Costa Rica, que fue arruinada por un terremoto ocurrido el 2 de septiembre de 1841. Todavía hoy, casi toda [ciudad] está bajo un montón de escombros, entre los cual hay tres iglesias derruidas menos una que se mantuvo en pie; dado que se encuentra consagrado a la Virgen, goza de una especial protección.”
En tono un tanto irreverente para la sensibilidad de muchos, Dunlop sigue comentado: “No obstante, al disponer de su preservación, su Señoría Mariana, ha demostrado tener un gusto [arquitectónico] horriblemente malo, ya que es la iglesia más pequeña y fea de toda la ciudad; habiendo sido mejor que quedara destruida para luego dar paso a una nueva construcción, que difícilmente sería tan prosaica como la actual.”
Por la información expuesta por Dunlop y el material disponible en línea, he de suponer que se trataba de la edificación anterior a la actual Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles de Cartago, el santuario católico más importante en Costa Rica. Me atrevo a decir que, en tanto su importancia dentro del contexto de religiosidad local, este templo es el equivalente tico a otros santuarios istmeños tales como las catedrales de León y San Salvador, así como las basílicas menores de Suyapa y Esquipulas.
Luego de estas impresiones, quizás basadas en la comparación de diversas tradiciones arquitectónicas de la América hispánica, el inquieto emprendedor y montañista escoses pasa a relatarnos sus impresiones directas del volcán que da en llama “de Cartago”, pero que por obvias razones sabemos que se trata del conocido volcán de Irazú.
“En el día 12, ascendimos al viejo volcán de Cartago(sic). Si bien continúa humeando un poco, no ha estallado dentro de los términos de la memoria humana, […]”. Lo anterior tiene sentido dado, que la última vez que este coloso hizo erupción fue en 1723: es decir, unas seis generaciones antes.
“[N]o obstante, [el Irazú] ha dejado vestigios de sus furias pasadas ― [puesto que] todo el país está cundido de masas pedregosas, lava y escoria [a lo largo y ancho de] muchas millas a la redonda. La noche anterior dormí en un rancho perteneciente a un hato [para albergar el ganado], a medio camino montaña arriba donde, a pesar de ser la estación más cálida del año, me encontré con un frio miserable. Los lugareños me contaron que, a veces, hace nieve durante el mes de enero.”
“Comenzamos a subir antes del amanecer, y alcancé la cima de aquel monte a las nueve ante meridiem [9:00 a.m.]. Durante la subida caminé rápido, por lo que mantuve el calor corporal relativamente bien, pero no habían pasado ni diez minutos en la cumbre cuando mis dientes empezaron a sonajear por el frio y […] quien me servía de guía, parecía estarla pasándola mucho peor que yo.”
“Afortunadamente por la temporada del año, el día estuvo notablemente claro. Por eso tuve éxito en darle un vistazo panorámico al océano Atlántico. Según me cuentan, en los meses de diciembre y enero tanto éste como el Pacifico, son perfectamente visibles desde la cumbre.”
“A pesar de toda aquella vista sin par es, probablemente, más pintoresca en la presente estación. El paisaje de montaña abajo está cubierto de nubes, blancas y algodonadas, que flotan lentamente sobre las laderas inferiores; seguidas por otras, cuales bandadas con formas de fieras horripilantes.
Mientras tanto, la campiña y [demás] arboleda se aprecian bajo un azul obscuro, a través de los boquetes del cúmulo nublado, por lo que se da la impresión de que están en movimiento. Entretanto, las nubes dan un aspecto de reposo, de la misma forma en que, estando mar adentro, las aguas parecieran agitarse y los barcos quedarse quietos.
Simultáneamente a la vista del bajío cubierto de nubes, cual si fuera una sábana en jirones, el volcán y demás cimas prominentes son perfectamente visibles; y el cielo sobre las mismas, es de un color azul intenso sin la menor partícula nubosa.
[A causa de que] mi guía no se atrevería a entrar conmigo en el [interior del] cráter, por ningún tipo de recompensa, opté por dejarlo; [por tal razón], proseguí a examinar [la abertura volcánica] yo solo. [Inmediatamente] percibí que, por un costado de gran cráter, emanaba una fumarola y yo estaba tan ansioso por inspeccionarla, que descendí sin pensar en el aprieto de volver a subirlo.
Satisfecha mi curiosidad, me encontré con que era imposible [hacerlo] debido a que la superficie del terreno era resbaladiza, [por estar] compuesta de carbón y cenizas.
(Continuará)



































