Un nuevo desastre natural está generando comentarios y actitudes similares a las que llevo viendo desde que hace 20 años Guatemala me recibió, un mayo del 98, con lluvia de cenizas producto de la erupción del volcán Pacaya. Desde entonces he vivido y padecido las consecuencias, no siempre directas afortunadamente, de otros sucesos similares: el huracán Mitch, la tormenta tropical Agatha, los terremotos de San Marcos o los derrumbes de El Cambray, por citar unos pocos significativos.
En todos ellos, los sucesos han seguido una cronología similar: acontecimientos, lamentos y ayuda desinteresada ciudadana e internacional, colaboraciones o donaciones diversas y…, olvido. Si, exactamente eso ocurre en todos ellos: el olvido posterior.
No siempre es previsible detectar y prevenir una catástrofe natural. Es mas, lo normal es que no lo sea. De esa cuenta las medidas y planes que se deberían tomar antes de que ocurran aquellas se centran en la reacción pronta: evaluación, evacuación, alojamiento, atención y reparación de daños. Ello conllevaría un proceso de continuo planeamiento en orden a detectar los lugares que pueden ser afectados, los recursos disponibles y la toma de acciones pertinentes. En caso de ríos o posibles deslaves la situación es más fácilmente corregible con actuaciones de ingeniería; tormentas, volcanes o terremotos son difíciles de prevenir pero no de actuar inmediatamente, o incluso antes, de que la situación alcance niveles de dramatismo.
Imaginé en su momento -equivocadamente- que lo sucedido durante el Mitch (1998) serviría para activar un sistema más ágil y dotado de recursos. Sin embargo, CONRED por tiempo no pasó de tener un presupuesto de unos Q20 millones. En sucesivos años fuimos afectados por diferentes fenómenos naturales que deberían habernos alertado sobre la necesidad de hacer lo que no se hizo entonces: prever, pero igualmente, aunque con más presupuesto, seguimos con deficiencias que hacen llorar y deberían avergonzarnos.
No es admisible, pero seguirá así, que en cada uno de los miles de taludes del país haya permanentemente un bombero -Municipal o Departamental- mendigando un donativo a todo aquel que reduce su velocidad ante el escalón artificial que las municipalidades del país “nos regalan”. He llegado a la conclusión que los taludes sirven más para pedir con una vieja alcancía que para reducir velocidad ¡Vaya suerte de destino que le dimos a esos engendros!
Mientras un país no dedique los impuestos preeminentemente a seguridad -y los bomberos representan uno de los eslabones de la cadena- todo cuanto se haga en otras áreas no servirá para mucho porque cuando se tiene alta delincuencia, falta de respuesta a desastres o niveles altos de inseguridad por otras cuestiones, no llega la inversión, no se está tranquilo para producir y la dinámica social adolece de la paz necesaria para llevar una vida sosegada, y gasta tiempo, energía y dinero en solucionar lo que el Estado debería primordialmente resolver.
La solidaridad es buena y necesaria, la compasión también. El ser humano de bien es aquel que en momento difíciles, especialmente, se vuelca con quienes padecen, sufren o son afectados por diversas circunstancias. Hacerlo callado y eficientemente un deber moral. No obstante lo anterior, hay que ser mucho más activo “el día después” y reclamar a la administración que se enfoque en que esas cosas no pasen de nuevo y me refiero a la respuesta pronta y eficaz. No somos los únicos sujetos a las inclemencias de la naturaleza pero pareciera ser que si de los pocos que pasada la tormenta olvidamos lo que causó.
No puedo por menos recordar cientos de interacciones en redes cuando el derrumbe del Cambray y mi mente las compara con las de ahora: son las mismas. Se dice lo mismo, se profundiza en lo mismo, se hace lo mismo, se exige lo mismo, se llora lo mismo y actúan los mismos ¿Qué han hecho las autoridades desde entonces?, también lo mismo: cambiar a directivos de CONRED, sustituir a jefes de bomberos o no generar planes y estudios para una eficiente actuación.
Lo peor de todo esto es que seguramente olvidaremos la erupción del volcán cuando detenga su actividad y nos centraremos en otras cuestiones políticas, económicas, sociales, electorales o no importa qué excusa para seguir haciendo lo mismo de siempre. Hace falta una ley de servicio civil que profesionalice la administración de una vez por todas. Hay que quitar al político la potestad de enviar cónsules sin formación hijos de presentadoras de canales de TV afines al gobierno y a oscuros y tétricos personajes o que nombre a cualquier directivo con el dedo podrido de la mano que no usa para despojar los escasos recursos públicos. Mientras la meritocracia no sea el elemento único para ingresar a la función pública seguiremos padeciendo estos males, lamentándonos continuamente y teniendo al frente de instituciones clave a los menos capacitados o a los más inútiles.
Hoy con el dolor todavía a flor de piel es preciso, además de apoyar, ayudar y colaborar, DENUNCIA a estos gobiernos indolentes, inútiles, despreocupados…, criminales por omisión ¡Dejemonos de calificativos suaves! Y felicitar, también a los de siempre: policías, bomberos, soldados, enfermeros y personas que colaboran desinteresadamente.
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