Julio Abdel Aziz Valdez
Una vez se dijo que una de las virtudes de Evo Morales en Bolivia era que por primera vez los bolivianos iban a tener un presidente como ellos, refiriéndose a características físicas o sea un indígena, al parecer este mismo principio se impuso en el vecino Perú muchos años después cuando la ciudadanía cansada de tanta corrupción e ingobernabilidad deciden darle la responsabilidad a un profesor de escuela rural con sombrero campesino quien empuñando un enorme lápiz pregona de nuevo el socialismo repitiendo constantemente la palabra pueblo que él, al igual que una vez lo hizo Evo, asume que representa tan solo por su apariencia física, y tal como lo hace el más denostado mitómano se la llegaron a creer realmente, el egocentrismo y mesianismo deviene del reconocimiento de las dimensiones de su propia apariencia, un odio construido hacia lo blanco que tendenciosamente asocian a lo rico y poderoso.
Y los vientos en el continente soplan de norte a sur y sur a norte, al parecer las políticas identitarias y la política trascienden fronteras pero los lenguajes son los mismos, Andrés Manuel López Obrador no tiene empacho para insultar periodistas, lo que no sería nuevo para un presidente de izquierda o derecha, sin embargo utiliza para ello que utiliza que estos no están a favor del pueblo asumiendo que él es el pueblo, no representación del pueblo lo que sería más entendible porque fue el voto popular el que le dio la victoria.
Y se repite nuevamente la tendencia con la vicepresidente de Estados Unidos, quien encarna la diversidad de origen y de color, es aquella diferencia la que intenta mostrar que todo aquello que luzca blanco, hombre heterosexual y por encima de la edad promedio es el horizonte a combatir.
Hace varios días, al inicio del nuevo año se realizó una entrevista al recién electo presidente de Perú, primera entrevista a un medio internacional, pudo notarse además de su reluciente incapacidad intelectual el uso constante del término pueblo para reafirmar que él es instrumento del pueblo, presentado este como el valor moral superior de la sociedad, en esa construcción discursiva a desaparecido el votante, quien toma la decisión personal de ceder su parte de soberanía en su candidato, no, aparece el pueblo y ojo ese pueblo no es el pobre ni marginado porque entre pobres marginados e indígenas discurren diversos proyectos políticos de todos los espectros ideológicos, entonces para ese político manipulador pueblo es quien el dice que es pueblo, y claro cuando aparece alguien similar al pueblo que le cuestiona pues simplemente no es pueblo y de esa manera arrebata el aura de superioridad moral.
El problema con el candidato cultural como es el caso de Thelma Cabrera y el recién estrenado Martín Toc, ex presidente de los 48 Cantones de Totonicapán, es que lo único que tiene por ofrecer es la imagen icónica tal y como lo hizo Pedro Castillo en Perú que ha decidido no despojarse de un sombrero campirano con el que supuestamente invoca la superioridad moral de su identidad.
No se trata de que los hoy autoreivindicados indígenas o mayas, en su versión política, no pueda acceder al poder, al contrario la identidad étnica o el género no sería un problema en tanto que el electorado logre identificar en esos políticos una opción viable antes que hacer caso al llamado nostálgico de la solidaridad étnico racial, el indígena votando por indígenas solo por hecho de que fisonómicamente es similar, la nueva izquierda culturalista acude a ese llamado vano y cercano a un nuevo purismo racial que raya en el fascismo, suponer que los otros, no importando su definición política son los enemigos porque son los que ellos han dispuesto en el campo enemigo es alimentar la bajeza que en mas de una vez a sido para justificar guerras fratricidas, algo que espero que nunca volvamos a ver en estas tierras.



































