Por: J. Roberto Dardón L.
Por atender obligaciones personales, me privé de escribir durante algunos meses sobre las aventuras de Robert G. Dunlop. Aquel inquieto y curioso personaje británico, cuyas peripecias, quizá, hayan conocido alguno de nuestros lejanos ancestros; en algún punto de la geografía centroamericana a mediados del siglo XIX.
Hubo quienes preguntaron sobre la continuación de estas cuartillas. Por deferencia a estas personas compartiré varias entregas de lo vivido por aquel tocayo mío, al nomás salir del entonces distrito de Sonsonate ―que hoy abarca todo el Occidente salvadoreño―, a finales de 1845. Al retomar el hilo del relato, les ruego sumergirnos dentro del contexto sobre lo escrito previamente.
Ya que aquella última etapa del viaje de Dunlop se dio en tierras guatemaltecas, me interesa compartirles aquel recorrido con cierto grado de detalle. Por esa razón, no trataré de momento, aspecto alguno sobre el ascenso a nuestros volcanes; por lo que dispuse abrir este paréntesis de aquella epopeya de vulcanismo primigenio en nuestro país.
Al reanudar la marcha, el viajero escocés pudo observar el ―ya antes reseñado― volcán de Izalco, pues su rumbo era el Poniente. A partir de aquí caminó por algunos días por el agreste Oriente guatemalteco; hasta finalmente alcanzar la ciudad capital donde, por azares del destino, murió dos años después a la edad de treinta y dos años.
―Salida de El Salvador―
De acuerdo con aquellas memorias, Dunlop y su acompañante salvadoreño ―cuyo nombre ignoramos― salieron de la villa de Ahuachapán el día 23 de febrero de 1846, luego de tomar el almuerzo.
De aquel recorrido hace una breve reseña con tintes de ensueño bucólico, sobre aquella última jornada de viaje por tierras guanacas: “una planicie ondulada [con aproximadamente] una legua cuadrada [de extensión] ―poco más de 23 km²― [con el] panorama más bello y libre de arboledas [y] provisto durante todo el año de un verdor pastoril [tan intenso] como si la temporada de lluvias fuera permanente [todo el año].”
Las andanzas por aquella llanura al término del Poniente salvadoreño, impactaron profundamente a nuestro amigo escocés, y en aquellas impresiones se consignan comentarios como el siguiente: “[lo vivido en Sonsonate resulta ser] el mejor clima [encontrado] hasta [aquel] momento”; señalando a su vez, que la región tenía el potencial y “la capacidad para albergar [a decenas de miles de] vecinos y producir suficiente alimento para consumo local e [incluso] importar [el excedente]”.
Aquella impresión nos deja en claro que, su paso por el antiguo partido de Sonsonate ―y por extensión por el Estado de El Salvador en general― fue placentero y provechoso.
A continuación, sigue comentándonos que “[durante las horas del] ocaso llegaron a la profunda barranca del río Paz” ―aquel afluente que, desde la lejana anexión mexicana de 1822, pasó a ser el límite fronterizo de facto entre Guatemala y El Salvador―. El pequeño grupo de viajeros que Dunlop encabezaba “llegó a la asienda(sic) de Cocos [en horas de la noche]”.
He de suponer ―basado en datos disponibles en el Diccionario Geográfico de Guatemala (Gall:1963, Tip. Nac.)― que el casco de aquella hacienda estaba situado en algún punto entre el actual paso fronterizo de Las Chinamas, en el lado salvadoreño y la actual aldea de Valle Nuevo, la aduana del lado guatemalteco. Por tanto, la trayectoria que llevó a Dunlop, cuando menos hasta llegar a la cabecera departamental de Santa Rosa, serían las actuales CA-8 y CA-1 respectivamente.
Aquella mañana ―del 24 de febrero― atravesaron la vega del río Paz, recorriendo una jornada entera de 4 leguas ―poco más de 19 km―, hasta alcanzar el pueblo de Zalpatagua(sic) ―la actual cabecera municipal de Jalpatagua―. De acuerdo con la crónica de mi tocayo Dunlop, al cruzar del otro lado del río el cambio percibido en el paisaje fue totalmente drástico.
(Continuará)


































