La pequeña vendedora de fósforos no es un personaje de cuento en Guatemala, donde casi un millón de niños entre los 7 y 14 años, de los cuales unos 12 mil tienen apenas cinco o seis años, trabajan en diferentes ocupaciones. Muchos de ellos no celebrarán esta Navidad porque estarán trabajando, tal como la niña de los fósforos imaginada hace 172 años por el escritor noruego Hans Christian Andersen.
Equipo editorial Perspectiva
Según la Encuesta Nacional de Empleo e Ingresos (ENEI), 2017, el porcentaje de niños que realiza alguna actividad económica en el país es del 9.2%. “La mayor tasa de ocupación infantil se registra en el domino rural nacional, mientras que la tasa más baja se da en el dominio urbano metropolitano”, señala la ENEI.

La Fundación Telefónica Guatemalteca y Proniño informan que el 62.8 por ciento de los niños trabaja en la agricultura y de cada cien de ellos, 76 no reciben remuneración sino solamente trabajan para ayudar a su familia.
El estudio continúa: “De cada 100 niños y niñas trabajadores, 16 trabajan en el comercio, 11 en fábricas o talleres, 6 trabajan en salud prestando sus servicios personales y, 3 en la construcción”.
El mismo texto indica que los niños trabajadores laboran en promedio 47 horas por semana, tiempo mayor al que indica la legislación guatemalteca, de 40 horas para el sector público y 44 para el privado. Estos niños, además, asisten a la escuela, pero los que no van a la escuela, trabajan en promedio 58 horas semanales.
Sumado a las jornadas laborales, los menores que trabajan también destinan 40 horas semanales para tareas del hogar, lo que reduce al mínimo el tiempo del que disponen estos infantes para jugar o estudiar.
Riesgos y efectos del trabajo infantil
Todos los trabajos desempeñados por niños tienen riesgos. Accidentes laborales son frecuentes en las actividades agrícolas y el picado de piedras en la explotación de minas, pero el trabajo infantil doméstico en hogares también puede ser nocivo para el desarrollo de estos menores. Se estiman casi 20 mil niñas entre 7 y 14 años que son trabajadoras domésticas.
Entre las actividades relacionadas con las festividades de fin de año está la elaboración de fuegos pirotécnicos, una de las tareas más peligrosas en las que trabajan niños. En 2002, el Estudio Nacional sobre Trabajo Infantil en la Industria Pirotécnica de Guatemala estimaba que más de 7 mil personas elaboran cohetillos en sus viviendas. De estas, 3,700 son niños. San Raymundo y San Juan Sacatepéquez fueron los dos municipios que, en 2002 reportaron mayor concentración de esa actividad.
En todos los basureros del país hay niños trabajando con la basura. “De cada 100 de ellos, 70 son recolectores y 10 seleccionan, clasifican y empaquetan la basura. Esta actividad tiene indiscutiblemente riesgos para la salud. Se estima que de cada 100 niños, 82 sufren cortaduras u otras lesiones; 52 sufren quemaduras por gases de la descomposición de la basura y 40 padecen dolor de cabeza por exposición al sol”, señala Telefónica-Proniño.
Pese a todo lo anterior, los niños que viven o pasan la mayor parte del tiempo en la calle son los que se encuentran en mayor riesgo y caen con facilidad en las peores formas de trabajo y explotación infantil. A menudo se ven obligados a mendigar, robar, traficar drogas y también son víctimas de explotación sexual. Hace cerca de un año trascendió que muchos de estos niños son “alquilados” por sus padres para ejercer diferentes tareas callejeras, que van de la mendicidad a la venta de flores y pasan por limpiar parabrisas o hacer malabares en los semáforos.
Más allá de las cifras y datos que aportan los estudiosos, Perspectiva buscó ponerle rostro y de ser posible, nombre a los niños que este 24 de diciembre no festejarán la Navidad porque estarán trabajando o descansando después de largas jornadas.
En tres zonas diferentes de la capital encontramos a estos niños ejerciendo sus diferentes oficios. Muchos lustrando o vendiendo flores, otros haciendo malabares en las esquinas de los semáforos. El miedo y la desconfianza es una característica común a los entrevistados, exceptuando un par de hermanos que vienen por temporada a la capital para vender números de lotería y tienen su casa en Uspantán.

Todos los niños entrevistados que residen en la capital viven en pequeños cuartos de alquiler donde se apiñan sus numerosas familias. Algunos no lo mencionaron pero por sus respuestas, puede deducirse que podrían ser niños “alquilados” por sus padres a tratantes de personas que los ponen a trabajar en semáforos o venta de diferentes objetos.
Ashley y los “niños perdidos” en la ciudad de Guatemala

Ganar un poco de confianza de esta niña fue una tarea difícil. A principios de noviembre, estaba haciendo malabares con varias naranjas en un semáforo de la zona 4 capitalina, cerca de una pasarela. No permitió que se le tomara foto trabajando, porque según dice: “viene la PGN y pueden llevarme a un lugar como el Hogar Seguro”. Sin embargo, luego de platicar unos minutos y al obsequiarle Q 10, accedió a regalar su imagen para una foto, pero pidió que “si se publica, que no se vea mi cara”.
Por su estatura, Ashley aparenta entre 6 y 7 años, pero asegura que tiene 9 y que estudia segundo de primaria en una escuela vespertina de la zona uno, donde vive con su mamá y varios hermanos. Según cuenta, fue su hermana mayor quien le enseñó a hacer malabares. Al preguntarle si festejará la Navidad con su familia, la tristeza se reflejó en su rostro y bajó la mirada. En voz también baja dijo sencillamente que no.
La historia de Ashley parece ocultar una realidad mucho más dura y complicada que la narrada por esta pequeña, quien dijo a Perspectiva que debe “entregar entre Q 25 y Q 100 cada día”, pero no aclaró a quién debe entregar el dinero. Además, su conocimiento sobre la acción de la PGN y su temor a ser fotografiada parecieran indicar que ha sido instruida, en este caso por personas que podrían pagarles a sus padres o encargados.
Al día siguiente de platicar con ella, volvimos a verla en el mismo semáforo. En esa segunda ocasión, llevaba puesta una peluca de fantasía color rosa oscuro y su pequeño rostro estaba maquillado. Una mujer con traje típico que llevaba un niño en la espalda y dos cuernos de esponja en la cabeza, parecía darle órdenes y le estaba entregando unas pelotas para los malabares, en lugar de las naranjas del día anterior.
Días después del encuentro con Ashley conocimos a los hermanos Christian (17) y Byron (12). A diferencia de la niña, estos hermanos no mostraron ningún recelo, lo que muestra que su actividad laboral no les provoca ningún temor sino, todo lo contrario, se trata de dos muy jóvenes trabajadores que saben lo que están haciendo.
“Todo el año trabajamos en nuestra parcela que está en Uspantán y desde noviembre venimos para la capital a vender lotería”, dijo el mayor. El menor cuenta que sí asiste a la escuela pero que las labores agrícolas no le permiten estudiar todo el año. Entre noviembre y los primeros días de enero, los dos hermanos alquilan un cuarto para vivir y es ahí donde pasan la Nochebuena y el Año Nuevo. “No celebramos esas fiestas, pero si esos días nos va bien con la venta de billetes, compramos tamales para cenar”, dice Byron.
Otros dos hermanos lanzaban machetes al aire para hacer malabares en un semáforo en la Avenida Las Américas. Aunque menos recelosos que Ashley, también mostraron tristeza al preguntarles si festejarían la Navidad. Las historias de todos estos niños son diferentes, pero tienen algo en común: ninguno de ellos festejará la Navidad. Seguramente, ese día estarán hasta altas horas de la noche por cualquiera de las calles capitalinas, desafiando el frío de diciembre para obtener alguna ganancia.

































