En un mundo donde las cadenas de suministro se están reconfigurando y la desglobalización redefine los flujos de capital, la seguridad energética ha pasado de ser un tema técnico a convertirse en un factor decisivo para atraer inversión extranjera directa. Las empresas ya no se instalan solo por los incentivos fiscales o la disponibilidad de mano de obra, sino por la certeza de que podrán operar con energía suficiente, limpia y estable. Guatemala tiene aquí una ventaja que no debe desaprovechar. Su matriz eléctrica es una de las más limpias de América Latina: más del 60% de la generación proviene de fuentes renovables como hidroeléctricas, solares y de biomasa. Ese es un activo que el país puede usar como argumento económico y reputacional frente a inversionistas que hoy priorizan criterios de sostenibilidad (ESG) para decidir dónde producir.
Por Juan Esteban Sánchez
Director Ejecutivo, Invest Guatemala
El Investment Climate Statement 2025 del Departamento de Estado de los Estados Unidos confirma que Guatemala sigue siendo la economía más grande de Centroamérica. Sin embargo, el informe también advierte que los desafíos estructurales —burocracia, lentitud administrativa y aparentes casos de corrupción local— siguen afectando la confianza de los inversionistas. Resolver esas trabas es clave para aprovechar uno de los mayores activos del país: su potencial energético.
La reciente convocatoria PEG-5, que busca contratar 1,400 megavatios nuevos, es una señal alentadora. Más allá de la capacidad adicional, el valor de esta licitación está en demostrar que Guatemala planifica su futuro energético y ofrece previsibilidad. En la lógica de un inversionista, la estabilidad de la energía pesa tanto como la estabilidad jurídica o la calidad de la infraestructura. Sin electricidad confiable y diversificada, ningún país puede aspirar a atraer operaciones de alto valor agregado.
El fenómeno del nearshoring —la relocalización de plantas industriales más cerca de los mercados de consumo— representa una oportunidad histórica para la región. Guatemala tiene las condiciones para competir: cercanía a Norteamérica, estabilidad macroeconómica y apertura comercial. Pero para consolidarse frente a competidores como México, El Salvador o República Dominicana necesita garantizar precios eléctricos estables, fortalecer la red de transmisión e incentivar inversiones en energías renovables y almacenamiento.
Diversificar la matriz no significa solo instalar más plantas, sino modernizar el mercado: agilizar licencias, reducir discrecionalidad, fomentar competencia y sumar tecnologías de respaldo que aseguren continuidad. La digitalización del Estado debería extenderse al ámbito energético, donde los cuellos de botella regulatorios aún limitan el dinamismo. El costo de la electricidad industrial en Guatemala sigue siendo competitivo, pero su volatilidad en épocas secas puede desalentar inversiones. Incorporar nuevas fuentes, contratos de largo plazo y mecanismos de trazabilidad darían a las empresas un argumento adicional frente a sus matrices o inversionistas institucionales: operar en Guatemala es producir con energía limpia y confiable.
El informe del Departamento de Estado también reconoce los esfuerzos recientes por fortalecer la transparencia, pero advierte que las reformas deben aterrizar en los niveles locales, donde se aprueban los proyectos y se genera el verdadero clima de confianza. La energía, en ese sentido, no es solo un sector económico: es una señal del tipo de país que Guatemala quiere proyectar. Integrar la política energética con la estrategia de atracción de inversiones debe ser una prioridad. Cada nuevo proyecto de generación o transmisión debe presentarse no solo como infraestructura técnica, sino como parte de una narrativa económica coherente: Guatemala ofrece energía competitiva, limpia y predecible. Esa combinación —junto con estabilidad macroeconómica y talento humano joven— puede convertir al país en un actor regional relevante en la nueva economía.
La energía diversificada no es un lujo ambiental. Es una herramienta de política industrial y de posicionamiento internacional. En un mundo que se reorganiza, los países que garanticen energía sostenible serán los que atraigan más inversión, más empleo y más desarrollo. Guatemala ya tiene una base sólida. Lo que necesita ahora es visión, coherencia y decisión para hacer de su potencial energético una verdadera ventaja competitiva.



































