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domingo, septiembre 6, 2026

Las furias pasadas de algunos volcanes de Centroamérica ―7ª. Parte―

Por: J. Roberto Dardón L.

Sin más preámbulo, ofrézcoles la continuación de esta traducción libre sobre la segunda visita hecha por Dunlop, al extremo suroriental del Estado de El Salvador; en la medianía de aquel lejano mes patrio de 1845, de la ya entonces difunta “Patria Grande” centroamericana.

Una hermosa perspectiva desde el monte Conchagua. ―


“El 15 de septiembre, ascendimos al Conchagua. Éste es un volcán extinto que, aunque no sea una montaña tan grande, tiene por su posición las vistas más espléndidas que haya contemplado desde cualquier cerro o montaña en la América central; o bien, desde cualquier otra parte del mundo. 


“El panorama se extiende por más de cincuenta leguas ―poco más de 241 km―  a la redonda, abarcando la bahía de Conchagua […]” ―hoy conocida como bahía de La Unión― “[…]y las islas circundantes; desde allí se ven los puertos de La Union(sic), San Lorenzo y Realejo, las ciudades de San Miguel, Camayagua(sic) y Leon(sic), así como gran parte de los Estados de San Salvador(sic), Honduras y Nicaragua. Tan sólo estando en la cima conté dieciocho volcanes, y había tantos cerros, montañas y arroyos que no me atrevo a enumerarlos. La cima es un sitio excepcional, puesto que está cubierto de grama muy verde y un buen número de pinos; mostrando un clima promediado inferior a los 10ᵒ sobre la planicie, allá montaña abajo.”

Suponiendo que, siendo británico, Dunlop haría la relación del clima desde el sistema de temperatura Fahrenheit, la diferencia entre la cima y la llanura seria entonces, de poco más de -12°C.

Cómo llegó hasta aquí la arboleda de abetos es todo un misterio, dado que no existe ninguno a más de treinta leguas, ―casi 145 km―, dentro de las montañas hondureñas. La vista de aquella llanura me alegró tanto, que sí alguna vez he de vivir en la ciudad de La Union(sic), debo conseguir una choza construida en la cumbre de esta montaña; donde pueda así disfrutar de su clima templado, tan semejante al encontrado en las mesetas de Guatemala y Costa Rica.

Seguramente este monte sea de origen volcánico, puesto que el paisaje adyacente está cubierto por escoria despedida del mismo; pero por lo visto, debe ser muy antigua, ya que no se divisa cráter alguno. En ese sentido, es probable que sus erupciones hayan cesado antes del nacimiento del volcán de San Miguel, ―ya citado en la tercera entrega de estos artículos―; localizado a unas veinte leguas, ― o poco más de 96 km― de distancia en línea recta. Aparentemente, no pueden existir dos respiraderos volcánicos tan cerca, en estado activo y en forma simultánea.”

Casi un mes luego del descenso al Conchagua, Dunlop hizo otra curiosa referencia sobre los siempre brillosos “pasatiempos” incurridos por políticos centroamericanos. Usualmente envueltos en insurrecciones contra el poder establecido, estos hombres ―entre soñadores y aprovechados―, lo arriesgaban todo, con tal de poder coronar sus ambiciones personales. No obstante, de llegar a mal puerto sus empresas no quedaba más remedio que “ahuecar el ala” y batirse en retirada; hacia algún refugio seguro y esperar allí, tiempos mejores.

Tal fue el caso de su encuentro con el general Trinidad Cabañas. Aquel fue un veterano militar hondureño que luego llegaría a ser presidente de su país años más tarde. Como morazanista de pura cepa, sus ideales liberales lo hicieron comprometerse en el intento de golpe contra el presidente salvadoreño Francisco Malespín, ―quien defendía la causa conservadora salvadoreña―. El fracaso de esta asonada hizo que Cabañas, junto a cientos de sus partidarios cabalgaran rumbo a La Unión, para finalmente embarcarse hacia El Realejo.

Según nuestro cronista, los modales civilizados del caudillo catracho contrastaban por mucho, con lo modesto de su atuendo. Vale la pena hacer ver este hecho tan poco común entre los hombres fuertes de su categoría; sí consideramos que muchos de sus contemporáneos hacían despliegue de ostento y alarde, en temas tan prosaicos como la vestimenta militar. Esto último era un bien de lujo que, normalmente era producto del botín material, infringido tanto a sus enemigos como a cuanto infeliz le haya requerido su “contribución patriótica” respectiva.

Luego de este incidente, Dunlop dispuso reanudar su trayecto hacia Guatemala, ―ya no por barco rumbo hacia el puerto de Iztapa―, sino que por tierra; buscando el viejo camino real entre San Salvador y la Nueva Guatemala. Pero luego de dos jornadas, tras olvidar su correspondencia, se vio obligado a regresar hasta La Unión; habiendo llegado tan lejos como San Miguel. De nuevo en aquel puerto guanaco, perdió todo un día de camino por la temporada de lluvias.

Es aquí donde retomamos el texto de Dunlop, para el sano entretenimiento e interés del respetable público lector.

Habiéndome entregado, las autoridades de La Unión, mi pasaporte visado, empecé a las 8 ante meridiem del día 9 ―de octubre de 1845―, en compañía de Don Juakin(sic) Saynes(sic). Logramos alcanzar temprano la hacienda añilera llamada “El Puerto”; donde tras descansar por dos horas, reanudamos el viaje, inmersos en aquella profunda espesura boscosa totalmente despoblada, sin poder encontrar un solo habitáculo.” 

Estuvimos a punto de perder el camino en varias ocasiones, al dar un gran rodeo de tres leguas, ―más de 14 km―; para evitar la lava arrojada por el volcán de San Miguel dos meses antes ―a principios de agosto―, que aún estaba encendida y humeante por doquier. En su borde, formóse un muro de aproximadamente veinte pies de alto ―casi 66 m―, compuesto por áspera escoria, tan caliente que era imposible tan siquiera acercársele. Tal parece que cubre algo así como dos o tres leguas cuadradas ―entre 47 a casi 70 km² aprox.― y es probable que tenga una profundidad de algunos cientos de pies en algunas partes.”

La lava está completamente oculta bajo grandes y ásperas masas de ceniza, que en algunos lugares forman crestas parecidas a cerros de baja altura y en otras, agudos picos de veinte o treinta pies de alto ―entre 6 a poco más de 9 m―. Aquella parte también se encuentra densamente cubierta de árboles quemados y peñas desprendidas; muy parecidas a las que, ahora, yacen en el campo circundante.”

“Estos despojos de naturaleza vegetal, aparentan estar flotando sobre lava líquida, tal y como una carga de hierro flotase sobre un recipiente lleno de mercurio. La lava próxima al volcán está, cuando menos, a cinco leguas ―poco más de 24 km― de la ladera, y más del doble de distancia del cráter de donde fue expulsada; por lo que la fuerza que utilizóse para arrojarla debió ser tremenda.”

Por fortuna, la parte del país donde la lava había sido arrojada estaba deshabitada, por lo que el único daño que hizo fue matar al ganado y animales salvajes que vagaban en aquella parte del bosque nativo, así como bloquear el camino de mulas.”

(Continuará)

 

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