Como es de común conocimiento la desigualdad en la sociedad no es un fenómeno nuevo. Sin embargo es una problemática que genera grandes consecuencias para el desarrollo de los países. Es decir si no se aborda a tiempo incluso puede llegar a afectar las propias bases del desarrollo y de la paz.
La humanidad sigue estando profundamente divida y fragmentadas por clases y grupos dominantes».
Durante los últimos años el mundo ha sido testigo de los grandes avances en los promedios de múltiples indicadores de prosperidad material. Por ejemplo, el producto interior bruto (PIB) per cápita en países de ingresos bajos y medios ha aumentado más del doble en términos reales desde 1990. En el mismo período, la esperanza de vida en los países en desarrollo ha aumentado de 63,2 años a 68,6 años.
Sin embargo, esto es solo una parte de la situación. A pesar de que el mundo es globalmente más rico que nunca, más de 1200 millones de personas todavía viven en condiciones de pobreza extrema. El 1 por ciento de la población más rica del planeta posee en torno al 40 por ciento de los activos mundiales, mientras que la mitad más pobre no tiene más de un 1 por ciento. Si bien se ha producido una disminución total en las tasas de mortalidad materna, las mujeres que viven en zonas rurales todavía tienen el triple de probabilidades de morir durante el parto que aquellas que viven en centros urbanos. La protección social se ha extendido, pero la probabilidad de que las personas con discapacidad incurran en gastos de salud catastróficos es hasta cinco veces mayor que la media. Cada vez más mujeres forman parte del mercado laboral; no obstante, representadas de manera desproporcionada en el empleo (Banco Mundial, 2013).
Vale la pena aclarar que la humanidad sigue estando profundamente divida y fragmentadas por clases y grupos dominantes. La desigualdad de ingresos ha aumentado en promedio dentro de los países y entre ellos. El efecto se ha presentado notoriamente en países en donde las diferencias de ingresos son cada vez mayores — y con ellas también ha crecido la brecha en la calidad de vida entre ricos y pobres — a pesar de la inmensa riqueza propiciadas por tasas de crecimiento espectaculares. Es decir el mayor incremento en la desigualdad de ingresos se ha presentado en los países en desarrollo que lograron graduarse a una clasificación de ingreso más alta. El progreso económico en estos países no ha mitigado las disparidades.































