Por: J. Roberto Dardón L.
Algunos días después de la escabrosa aventura de mi tocayo Dunlop adentro del volcán de Izalco, aquel se encontraba varado en el puerto de Punta Arenas. Tuvo que permanecer más de un mes allí, mientras esperaba a que cualquier barco mercante lo llevara de vuelta a Nicaragua.
Durante aquel tiempo cayó muy enfermo, a causa de las fuertes “calenturas” tropicales. Recordemos que, por aquellos días, las enfermedades endémicas ―hasta el día de hoy, controladas por diversos métodos y sistemas―, hacían estragos entre las poblaciones de los litorales costeros. Sin embargo, luego de una semana de convalecencia ―asistida por su espíritu, juventud y quizás a su vigorosa constitución céltica―; Dunlop pudo prestarle sus servicios y conocimientos básicos en medicina al administrador de la aduana local, curando enfermos de disentería.
De regreso a El Realejo, nuestro cronista escocés relátanos las diversas trifulcas entabladas por el mando de una fragata británica contra los gobiernos de Nicaragua y El Salvador, pues exigían ciertas satisfacciones para varios súbditos de Su Majestad. Por aquel entonces, era muy común que las potencias extranjeras acuerparan el sentir de sus súbditos o ciudadanos agraviados, por los daños ocasionados a su patrimonio y peculio dentro de los países anfitriones.
Por tal razón, debo hacer una digresión en este punto, nomás para aclarar un tanto el panorama de cuál era la realidad vivida en aquellos días.
Recordemos que ―en momentos de ingobernabilidad―, las primeras víctimas de cualquier convulsión suelen ser las diversas actividades económicas que producen riqueza material. El mismo tipo de desgracias que, en la actualidad, seguimos viendo luego de casi dos siglos de republicanismo. De allí que el esfuerzo de cualquier individuo, o colectivo ―empapados de un sano espíritu emprendedor―; busquen con tanto ahínco las condiciones mínimas de seguridad y garantía a su vida, libertad, propiedad y la búsqueda de su felicidad.
Pues bien, desde los tiempos de la emancipación política ―entre 1821 y 1823― hasta bien entrado el siglo XIX, las nuevas autoridades transitaron un lento proceso formativo de prueba y error; adoptando idearios y perspectivas filosóficas que, por más elevadas y altruistas que fueran, no reflejaban el anhelo general de sociedades aletargadas en el casticismo indiano. Por eso y debido a la inexperiencia de sus élites, al asumir el mando de aquellas noveles naciones, los gobernantes incurrieron en prácticas que pusieron seriamente, en tela de duda, tanto el discurso político, como sus legítimas aspiraciones al bien común.
Las disputas por la imposición de criterios de toda naturaleza, no sólo entre facciones y grupos de interés, sino entre ciudades y regiones, devino en una escalada degenerada de la ley del Talión; misma que hasta hoy, se manifiesta en la vida política y judicial de algunos países centroamericanos.
O sea, se impuso aquel principio ―propio de pueblos bárbaros―, del “ojo por ojo y diente por diente”.
Cuando los gobiernos se quedaron sin entradas para sus gastos fijos, en su intento por sostenerse ante las envestidas de sus enemigos políticos, la improvisación fue el recurso de última instancia. He aquí que, pasaron de ser garantes de la paz y el orden, a ser el origen mismo del terror y desasosiego ciudadano; dado que, al interferir directamente en la vida y propiedad de todo residente dentro de sus fronteras respectivas, alteraron el frágil equilibrio de la convivencia societaria.
El escenario aquí esbozado, corresponde a diversas crisis políticas que resultaron en la guerra civil entre 1827 a 1829; así como la anarquía que devino en la desintegración del pacto federal, entre 1837 y 1840.
En semejante contexto, no importó si los afectados eran ciudadanos o no. Es decir, fueran nativos o extranjeros todos los hombres, cabezas de familia y/o en edad productiva tenían que contribuir con los esfuerzos gubernativos; para evitar así que la oposición tomara el poder. De allí, que las levas “patrióticas” y los donativos “voluntarios”, ―estos últimos ya presentes en el período tardocolonial―, fueran el “pan nuestro de cada día” para aquellos infelices ancestros nuestros. En algunos casos, las requisas por “elementos de tropas” y objetos de valor eran tan severas, que muchos de ellos terminaban abandonando sus labores agrícolas u oficios artesanales; dejando así a sus familias, en el más triste y desgraciado desamparo.
A partir de 1827 la guerra se volvió un hecho recurrente en distintas partes de la entonces República Federal Centroamericana, dislocando el incipiente intercambio comercial, por lo que la pobreza y desconcierto campearon durante años. Muchos de quienes no podían pagar en metálico la contribución obligada, no les quedó más remedio que formar parte de aquellas montoneras mal llamadas “ejércitos”; acaudilladas por individuos carismáticos pero inescrupulosos.
Sólo hasta después de mucho tiempo, y con la unidad centroamericana venida a menos, los países periféricos como Guatemala y Costa Rica pudieron resolver aquel estado de calamidad pública, por medio de gobiernos fuertes y autoritarios. Por fuerza de las circunstancias, aquellas repúblicas primigenias, debieron desarrollarse alrededor de principios profundamente conservadores. Mientras tanto, en los Estados centrales, el vaivén político propició situaciones curiosas que; regresando a la relación del aventurero escocés, nos describe en estas cuartillas.
Para no incurrir en aprietos diplomáticos, los nicas no tuvieron más remedio que entregar a los británicos, por daños y perjuicios, el monopolio de tabaco y el funcionamiento de la aduana de El Realejo por un tiempo perentorio de cuatro años. Como en aquellos días los tributos por capitación, ―o lo que hoy llamaríamos ISR―, causaron entre otros factores, sangrientas revueltas campesinas como la de Rafael Carrera entre 1839 y 1841; las burocracias estatales llegaron a depender casi por completo de las alcabalas, ―cuyo equivalente sería hoy el IVA―, tanto de aduanas portuarias como de garitas a la entrada de las ciudades.
Es por esto que, al entregar el fisco ―en calidad de resarcimiento― a los hijos de Albión, se dejó a la hacienda nicaragüense en una situación tan lamentable que, en aquel momento, el gobierno de León se vio en severos aprietos financieros; dado que sostenía a duras penas una guerra contra la vecina República Hondureña.
Al margen de estos infortunios, por aquellos días nuestro cronista errante por tierras istmeñas, establecióse en la villa de Chinandega; describiendo aquella población “atestada de desertores [semidesnudos]”, mismos que retrataba como “la turba de granujas y harapientos más sucia jamás antes vista [en sus viajes]”. Asimismo, otro ejemplo del deterioro económico en la otrora próspera sociedad agrícola de aquel país, lo atestiguó en el casi completo abandono de las fincas circundantes. Alrededor de El Realejo los limonares crecían entre la feracidad de aquellos parajes casi vírgenes y descampados, sin que nadie los aprovechara.
El descuido de aquellos predios desolados por las condiciones políticas evocaba, en forma melancólica, la aparente tranquilidad de tiempos hispánicos; puesto que, ―de no ser por el ir y venir de los caudillos y sus revoluciones―, las condiciones para aprovechar el potencial de explotación comercial, podrían cambiar la suerte de aquella desventurada comarca.
Para estos momentos, Dunlop se embarcó nuevamente con rumbo final al puerto salvadoreño de La Unión, en cuya vecindad satisfizo nuevamente su sed de belleza paisajística subiendo al volcán de Conchagua.
(Continuará)






























