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jueves, agosto 27, 2026

¿Quién empieza primero?

Por: Guillermo Raúl Borda, Director Académico de la Escuela Logos de Argentina.

He escuchado a decenas de personas que forman parte de  mis relaciones personales: amigos, compañeros de trabajo, participantes de mis seminarios y conciudadanos, que expresan la “intención” de cambiar su actitud… Después de que vean que las cosas empezaron a cambiar. Es decir, yo he percibido una gran vocación colectiva de acompañar el cambio, pero muy poca vocación de liderar el cambio.

No hablo de “motorizar” grandes transformaciones sociales, ni de cambiar radicalmente hábitos en una comunidad, hablo, por ejemplo, de cosas tan simples como: ser “el primero” en no arrojar más residuos en la vía pública, donde transitamos cotidianamente o (animo a ir un poco más lejos) a ser “el primero” que levante algo que arrojó otro.

…debemos estar preparados para probar caminos nunca antes transitados…”.

Este es un espacio para reflexionar, que invita a la acción para el cambio , tanto a quienes lideren equipos, sean estos de cualquier rama (empresariales, deportivos, ONG´s, de servicio público, entre otros), como para personas que sientan la necesidad de ser parte de un cambio, por pequeño que este sea, con el convencimiento de que si otra persona, con la misma vocación de cambio, está tomando la misma decisión, en algún momento la suma de “2+2  será más que 4”; en ese momento sentiremos la satisfacción de que valió la pena empezar, de allí nace la elección del título de este artículo, para poder respondernos la pregunta: ¿Quién empieza primero?

La naturaleza del cambio

A las personas en general no nos gusta  la incertidumbre, es más sencillo programar acciones en el marco de terreno conocido, actuar  en consecuencia y obtener “resultados certeros”. Pero el siglo XXI no ofrece este escenario de futuros previsibles, dado que  ya desde fines de los 80, la gran diferencia es la velocidad a la que cambian las cosas que nos rodean.

 

Cuando alguno de mis clientes de consultoría me expresa: “para qué cambiar, si acá siempre lo hicimos así y nos da buenos resultados”; yo me siento como frente a una de las víctimas del tsunami asiático del 2004, que está en la playa apacible que visitó tantas veces, pero que “no ve venir la ola” de cambios que están ocurriendo fuera de su empresa, independientemente de lo que esté pasando dentro de la misma.

Me atrevo entonces a preguntarles, si se imaginan: ¿Por qué hay que aprender a cambiar?

–          Porque los productos cambian.

–          Porque las tecnologías cambian.

–          Porque los clientes cambian.

–          Porque los empleados cambian.

–          Porque los competidores cambian.

–          Porque los Estados cambian (al menos en las funciones que influyen en la actividad empresarial).

–          Porque las familias cambian (los chicos crecen, inexorablemente).

–          Porque nosotros cambiamos.

–          Porque el planeta está cambiando y seguirá haciéndolo.

 

Pregunto entonces: Cómo puede alguien a cargo de una empresa o de cualquier otra organización, permitirse la pasividad de no analizar el impacto de los cambios que están ocurriendo a su alrededor. Aunque sea para corregir el rumbo debe hacerlo, después de analizar el escenario, que volverá a cambiar en muy poco tiempo, lo obligará a repetir el ciclo de análisis, probablemente, con menos datos y por ende aumentará la incertidumbre de los resultados a lograr.

 

Para explicar qué pasará si no aprendemos a cambiar, voy a usar un ejemplo de ese mundo casi perfecto de la vida en una colmena, que permite mostrar el riesgo de no hacerlo: Si se observa una colmena (natural  o artificial) se percibirá que la abeja se desplaza hasta la salida (piquera) y desde allí remontará su vuelo. Debo recordar que la piquera siempre es la parte inferior de cualquier colmena.

 

Este comportamiento transmitido genéticamente de abeja a abeja permite realizar el siguiente experimento:

Coloque una abeja en un frasco relativamente alto y afinado, y retire la tapa, así la parte superior quedará libre. Uno podría imaginar que la abeja se irá volando o al menos caminando por las paredes del frasco en posición vertical, hasta llegar al borde superior e iniciar su vuelo. Como justamente, desplazarse en forma vertical ascendente es el cambio que la abeja debe realizar, para salvarse, sino morirá, y no está preparada para cambiar, seguirá intentando encontrar una salida, probando una y mil veces al moverse hacia el fondo del frasco, encontrar la piquera, como lo hizo siempre, hasta morir.

 

La enseñanza que nos deja esta experiencia, es que debemos estar preparados para probar caminos nunca antes transitados, trabajar con técnicas que no hayamos probado, asociarnos con colegas que tal vez jamás conozcamos personalmente (en línea), ensayar la mejor ejecución de tareas que otros ya llevan a cabo, pero en especial, poder dejar de hacer lo que siempre hicimos, que es lo que creemos saber hacer y buscar nuevas maneras de enfrentar el desafío actual, que no será el último.

 

Mis saludos cordiales a todos los lectores de este artículo.

 

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